jueves, 10 de septiembre de 2009

Coyuntura superada


-Todas las instituciones caritativas que me han auxiliado en la vida me han dejado un mal sabor en la boca. Sobre mí no sólo se ha ejercido la caridad institucional sino también la particular. Usted sabe, un individuo libre (o que se cree libre) me procura bienes tales como comida, dinero, atención. Esta forma de la caridad es más confusa que la institucional y puede tener graves consecuencias. Me refiero a esas consecuencias que persisten convirtiéndolo a uno en un individuo que ha dado un paso en cierta dirección y ya no puede volver atrás. Un individuo que ha sido modificado. Muchas víctimas de la caridad no saben que lo son, yo, por ejemplo, antes no lo sabía. Creía que tenía amigos, amantes y familiares que actuaban por amor o por compasión. Ignoraba que ellos mismos eran objeto de la caridad en su forma, digamos, activa. La caridad, usted sabe, no es sólo una función bien delimitada, sino sobre todo una fuerza libre (ella sí es libre) que actúa a su antojo. Entre los benefactores también hay quienes saben que están ejerciendo la caridad y otros que no tienen ni idea.
Mientras yo daba este breve discurso alguien que estaba sentado a mi lado y que amablemente me había invitado a compartir su mesa me preguntó que por qué no trabajaba, por qué no me ganaba por mi cuenta estos beneficios y evitaba así todas esas conjeturas de mal gusto. Algo en mí retrocedió al oír esta pregunta. Caí de pronto en un nublado día de infancia. Yo estaba en un jardín al lado de un perro, en mi mano derecha sostenía una galleta. El perro y yo éramos en ese entonces la misma cosa pues en nosotros todavía no había ocurrido el reconocimiento del otro, así que constituíamos un solo ser al que incómodamente venía a añadirse el jardín. No incluyo la galleta en este único ser porque fue el elemento que dio pie a que el perro, el jardín y yo comenzáramos a ser cosas distintas. El perro mordió la galleta produciendo en mí un chillido. Y ese fue el momento decisivo: el perro y yo aparecimos nítidamente diferenciados (el jardín aún era borroso (y lo seguiría siendo)), demarcados por un límite: la galleta, que cayó de mi mano y se hundió en la maleza. Cual no sería nuestra sorpresa al encontrarnos uno frente a otro. El perro masticaba el pedacito de galleta que había conseguido morder, poniendo en ello ese empeño que ponen los perros cuando tienen que masticar algo de poca o nula consistencia. Luego tragó repetidas veces como si no se resignara al hecho de que no había nada que tragar. Finalmente aceptó su derrota. El quería comportarse como un perro normal ya desde el primer instante de su aparición particularizada. Quería fingir que no pasaba nada de índole más trascendente, que no estábamos en un hito histórico (luego, a lo largo de mi vida encontraría muchos seres, sobre todo humanos, con esta necesidad de fingir que no pasa nada), pero yo lo observaba con una solemnidad irresistible, y tuvo que ceder. Había llegado la hora y él lo sabía. Durante el resto de la tarde, sumergidos en ese jardín nublado que tenía la bondad de contenernos, el perro y yo nos miramos poseídos de la enorme nostalgia del uno. Llegada la noche, una sombra se aproximó y nos llevó al interior de la casa. Cuando volví de este recuerdo vi que mi interpeladora me hacía gestos de impaciencia. ¿Iba yo o no a contestar su pregunta?
Nos hallábamos en una hermosa terraza junto del mar, en una especie de cafetería salvaje atendida por un camarero muy flaco, vestido de negro, con una enmarañada cabellera. El aspecto dostovieskiano de este hombre, que llevaba una bandeja redonda y plateada muy por encima de su cabeza, con una botella de vino blanco y unas copas alargadas que temblaban ligeramente a su paso, distrajo mi atención de ese molesto personaje, una anciana con acento argentino que tenía a mi lado. La miserable espiritualidad del camarero me recordaba... Pero la anciana que me acompañaba no estaba dispuesta a permitirme otra ausencia de la conversación, así que me interpeló bruscamente.
-¿Vas a contestarme o no? ¿Qué necesidad tenés de depender de instituciones benéficas? Podés trabajar.
-¿Trabajar? pregunté, fingiendo una desmesurada sorpresa. No entiende usted nada por lo visto.
-¿Qué es lo que no entiendo? Explicámelo a ver si lo entiendo.
-¿Explicar? volví a preguntar, con el mismo estupor.
-Sí, explicar -dijo, desafiante. Vi que levantaba el puño y lo dejaba caer sobre la mesa, en un movimiento no del todo acorde con su aspecto menudo y desamparado. Era un puño pequeño, frágil, muy blanco, con algunos toques azules. Vi como se estrellaba contra la mesa, que no era más que un pedazo de hierro oxidado, un trozo de buque, pensé, que había naufragado siglos atrás en esa costa, no sin razón llamada Costa de la Muerte. Esto produjo un estallido en mi cabeza, como si el puño de la anciana fuera de vidrio y se hubiera roto en mil pedazos. Del mismo vidrio, me dije, que utilizan para fabricar los parabrisas de los automóviles. Vidrio granulado, o algo así. Pero esta digresión, ya tan trivial, convirtió la impaciencia de la vieja en ira. Con los ojos llameantes abrió la boca para insultarme, pero las palabras no le salieron. En ese instante el camarero depositó las copas y la botella de vino sobre nuestra mesa. La anciana empezó a toser y en cuanto el camarero llenó un tercio o menos de su copa para que probara el vino, se la bebió de un golpe y exigió más, como si no conociera la costumbre de catar el vino y considerara que la cantidad que se le había servido era fruto de la tacañería.
Entonces me di cuenta de lo que ocurría, o mejor debería decir: de algo de lo que ocurría, porque la realidad es siempre demasiado dispendiosa y la relación entre los infinitos elementos que la componen no necesariamente existe de manera constante (o no siempre está explícita, hasta el punto de que a veces se sospecha que tal relación o vínculo se ha perdido para siempre). Me di cuenta, digo, de que aunque el camarero respondió de inmediato a la solicitud de la anciana lo hizo con una lentitud extraordinaria. Extraordinaria porque no se podía decir que hubiera perdido un segundo, no se le podía acusar de no estar concentrado en su trabajo, por el contrario, no parecía existir para este hombre nada más que su trabajo. Me lo figuré incluso incapaz de pensar en otra cosa. El y su acto de servir el vino que se le exigía eran sólo uno, y sin embargo, el mismo vino, como si congeniara con su gesto, tardaba en salir de la boca de la botella y se demoraba en el corto trayecto que mediaba hasta el recipiente de la anciana. Esta empuñó la copa y la levantó, acercándola al orificio de la botella, como para abreviar el trayecto. Se imaginó que el hombre no inclinaba suficientemente la botella y emitió un gruñido. Pero la inclinación era la adecuada y el vino no respondió a su impaciencia. Tardó aún unos segundos en llenar la copa hasta los bordes, como si se tratara de un líquido espeso.
Cuando el camarero se retiró, la anciana le dedicó varios comentarios desagradables. Pero yo estaba al tanto de su impecabilidad y sabía que aquel hombre cumplía una función, aunque no llegaba a representarme muy bien cuál. Función retardadora, murmuré, llevándome la copa a los labios.
-¿Qué decís? -me preguntó la anciana en medio de sus toses.
-Salud -dije.
-Salud -respondió-, y ahora contestame.
Perdimos la tarde en una discusión encarnizada y vulgar. Nos costaba tragar el vino, que seguía impregnado del espíritu retardador del camarero, y a medida que éste iba invadiendo nuestro sistema nervioso, nos volvíamos torpes, irascibles.
-No me importa lo que usted piense, le dije, para mí es obvio que yo no podría sobrevivir a no ser por las instituciones benéficas, ya sean manifiestas u ocultas. Usted me pregunta por qué no trabajo, lo cual me da la medida de su incomprensión. El problema hay que encararlo de otro modo: yo trabajo, por eso dependo de las instituciones benéficas.
-¿Qué clase de trabajo hacés? -preguntó con una mueca burlona.
-No lo sé, no a ciencia cierta, pero sé que trabajo mucho.
La vieja estalló en una carcajada despectiva. No lo sabe a ciencia cierta, aulló triunfante, y dio unas pataditas en el suelo como para reforzar su deleite. Un segundo después, como si se arrancara una máscara, se puso seria:
-El trabajo es algo concreto, aseguró.
Fui yo entonces quien se vio invadido por una risa histérica. Algo concreto, exclamé, sintiendo que se me congestionaban los conductos lagrimales y que se me nublaba de gozo chillón el agradable paisaje soleado con las olas rompiendo interminablemente contra los peñascos y la playa.
El sonido de un trueno me sacó de este estado de divina imbecilidad. Me enderecé en mi asiento, una silla de plástico color amarillo lavado, me sequé las lágrimas y me asombré ante el increíble espectáculo que se me presentaba. Una tormenta había ocupado de manera brutal el espacio. Lo que se dice, comenté, una tormenta acaba de personificarse.
-¿Qué dijiste? -gritó la anciana, tratando de proteger la botella de los embates del viento.
No tuvimos tiempo de protegernos. Antes de que pudiéramos levantarnos de la silla la lluvia cayó sobre nosotros y nos empapó en un instante. Comenzamos a correr hacia la casucha donde el camarero, de pie, nos observaba con aire preocupado. Vimos cómo se agachaba detrás del bar y sacaba un paraguas. Lo abrió y se dirigió hacia nosotros dando zancadas. Nosotros también corríamos, o lo intentábamos, pero la anciana tropezaba a cada paso y yo me veía obligado a levantarla. No se oía nada a causa de los truenos, el viento y los latigazos de la lluvia que cambiaba de dirección y nos zarandeaba de un lado al otro, pero me pareció que la vieja lloraba. Al final decidí que lo más práctico era llevarla cargada, en vista de que se caía a cada instante, y además, no pesaba nada. Avancé con ella en los brazos hacia el camarero. Se puede decir que este venía a toda velocidad y en línea recta con su paraguas abierto, un modelo viejo en forma de hongo, y que él, a diferencia de nosotros, parecía inmune a los efectos de la tormenta, pero aún así, nunca llegaba. Por momentos todo se ponía blanco y brillante a causa de los rayos que caían a pocos metros de distancia. Pocos metros de distancia, me dije, sí, eso era lo que había entre el camarero y nosotros y entre el camarero y la zona techada que éste acababa de abandonar. No había por qué preocuparse. Y sin embargo era incapaz de tomar la dirección correcta, pues la tormenta me obligaba a ir hacia otro lado con la anciana desmayada de miedo en los brazos. Varias veces sentí que una corriente eléctrica me subía por las piernas y me causaba un cosquilleo enloquecedor en el cerebro. Otras veces esos latigazos de furia eléctrica se ramificaban por mis brazos y sacudían la cabeza azulada y rala de la anciana haciendo brotar de su boca una espuma invisible, pues las ráfagas de agua borraban de inmediato todo rastro de ella. Cuando el camarero por fin nos alcanzó noté que a pesar de su delgadez era extremadamente fuerte. Sus brazos me sostenían con energía y me guiaban con mi frágil carga hacia el bar, impidiendo los desvíos y las sacudidas involuntarias. La lentitud le daba una superioridad muy grande con respecto a mí, pues le permitía evitar todo movimiento brusco y atropellado. Un paso antes de alcanzar la casucha miré el mar. Era un paisaje negro y agresivo como un mamarracho. Las columnas de agua plomiza se alzaban hasta el cielo y caían oblicuamente como si fueran de piedra destrozándose en mil pedazos. Pero en una esquina de esta espantosa pintura viviente había un remanso, donde las olas, aunque gigantescas, seguían siendo olas. Allí vislumbré la cabecita de un perro que nadaba hacia la costa. De más está decir que este perro estaba perdido. Sin embargo sentí el ridículo impulso de salvarlo y de arrojarme al mar sin perder tiempo, ni siquiera el tiempo que me tomaría desprenderme del cuerpo inerme de la anciana. El camarero me lo impidió, afortunadamente. Pero antes mantuvimos una lucha extraña entre dos registros de velocidad muy diferentes, el mío, rápido y errático, el suyo, lento y racional. Esta cabecita de perro se convirtió para mí en la viva imagen del desconsuelo y durante los largos y aburridos días que duró mi recuperación me asaltaba junto con el angustioso impulso de arrojarme al mar desde la terraza para ir en su ayuda. Mucho después noté que esta imagen había dejado en mí una huella quizás imborrable. No importaba cuán amplia o estrecha fuera la perspectiva de mi visión, ni qué estuviera contemplando, ni siquiera importaba si estaba dormido o despierto, siempre, si me fijaba bien, en una esquina del paisaje subsistía la temblorosa cabecita del perro naufrago.
El camarero, como yo sospechaba, resultó ser una excelente persona, cuidó de mí todo el verano, mientras la cabecita del perro que yo no había salvado fue ocupando espacios temporales más cortos, hasta reducirse a instantáneas que cruzaban mi mente (y siguen cruzándola al pasar de los años) tres o cuatro veces al día. Cuando nos despedimos no sentí ese mal sabor en la boca que me dejaba la caridad anteriormente, en realidad no sentí nada, y esto fue para mí lo que se dice una coyuntura superada.

martes, 29 de mayo de 2007

El Misterio

Yo de pronto echaba a correr sin motivo por un camino de tierra. Éramos unos acampados con diligencias, muy numerosos, parecidos a los que se van al Oeste en las películas gringas. Esta carrera súbita despertaba gritos de espanto: ¡Cuidado! ¡Cuidado, vas a abrir el boquete! ¡Van a entrar las salvajizadas! Pero ya era tarde. Mi carrera rompía la muralla invisible de esa dimensión en la que habían sido confinadas las salvajizadas. En realidad no era así exactamente, pues el acto de confinar y de salvajizar iban juntos. Estas salvajizadas aparecían corriendo en dirección contraria a la mía por el hueco que mi carrera había abierto. Resultaban ser familiares de mi esposo, y los rasgos de sus caras, la languidez en su forma de moverse, evidenciaban un parecido con él casi alarmante (mi esposo es hijo de una india caribe y de un señor llamado Cook). Siendo imposible devolverlas a su dimensión salvaje comenzaron a convivir con nuestro grupo. Yo me sentía un poco culpable al principio, aunque el hecho de que ignorara las consecuencias de mi carrera intempestiva, el hecho de que ignorara incluso la existencia de seres salvajizados, me exonerara. Pero pronto comenzaba a observar que no había nada salvaje ni peligroso en las intrusas. Una, en particular, poseía el Misterio, un poder desconocido. Adivino que se trataba de un poder adivinatorio, porque aquí también se presentaba cierta ambigüedad de significado. El Misterio consistía en la capacidad de identificar el misterio, pero este poder para nosotros, sus espectadores, era un misterio. Yo comenzaba a entrever que el miedo a la liberación de las salvajizadas se fundaba en prejuicios reaccionarios. Pues no sólo se trataba de personas pacíficas y encantadoras, muy domésticas, sino también de personas dotadas de aptitudes para ver aspectos ocultos de la realidad, es decir, para cambiarla, pues ver el misterio equivalía a poder hacer algo diferente, y este algo, que se insinuaba, brindaba mucha esperanza. Sin embargo, aquí se presentaba también un doble sentido, pues estas personas no habían sido salvajizadas por poseer poderes especiales y transformadores, sino que sus poderes se debían al hecho de haber sido salvajizadas.
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Monsieur Duverger

Mi mamá estaba trabajando en la escalera. Se la veía muy ajetreada, casi desesperada. Qué haces, pregunto. “Quiero subir desde el último escalón hasta el primero y así también quiero bajar, pero como están las cosas no se puede”. Decidí ayudarla y pronto estuvo listo. En el primero pusimos el último y en el último dejamos el último. Y esto, claro, en ambos sentidos. Mi mamá gruñía de satisfacción (es su manera de expresar satisfacción).
Después, en el patio, ambas nos vaciamos la memoria, hicimos un gran montículo con nuestros recuerdos mezclados. Los revolvimos un poco con el tridente y los aventamos para que el viento se llevara los más ligeros. Cuando estuvo listo volvimos a colocárnoslos de a puñados en la memoria sin importarnos cuáles eran de quién. Luego subimos o bajamos la escalera (cómo saberlo) y abrimos la botella de vino que, hace tantos años, nos trajo el profesor Duverger (en realidad nos trajo cinco, pero cuatro las consumimos con él). La abrimos para celebrar el éxito de nuestras relaciones madre-hija. Ya estaba bastante rancio el vino, pero igual entre las dos hicimos memoria y nos acordamos de que cuando Duverger nos visitó, en aquel lejano entonces, no hizo más que decir y repetir hasta muy entrada la noche que: “el sistema electoral mayoritario conduce al bipartidismo”. Yo me acordé (ella no) de que al final mi mamá, ya un poco harta, le había dicho: “Entonces la fulana democracia es un chanchullo”. Y el profesor Duverger, muy complacido, afirmó: “Sí, yo creo en el arroz. El arroz es consenso. Consenso es lo contrario de chanchullo ¿verdad?".
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domingo, 20 de mayo de 2007

Variaciones


La Cosa

Un día, volvía yo a mi casa de una aburrida conferencia sobre filosofía de la mente, a la cual apenas había prestado atención, cuando sentí la cosa. No sé si llamarla dolor o qué. En todo caso era como un desgarramiento. Algo se arrancó de mí crudamente y comenzó a llevar una existencia aparte. Ya era de noche y, atemorizada, apuré los pasos, porque esa cosa que se había desgarrado de mí ahora me seguía, iba detrás de mí quién sabe con qué propósito. El miedo me obligó a correr con toda el alma. La cosa se quedó atrás emitiendo sonidos. Parecía que me llamaba, que pronunciaba mi nombre, o algo parecido, con una voz aguda que me hizo pensar en un dardo. Al llegar a casa me apresuré a cerrar rápidamente la puerta tras de mí y todas las ventanas. Había actuado con prontitud y la cosa se quedó afuera. Oí que golpeaba aquí y allá tratando de entrar, gimiendo de una manera que me llenó de lástima. La lástima y el miedo luchaban en mi interior. Ya parecía que la lástima iba a ganar la partida cuando mi mano derecha, con un sentido práctico verdaderamente admirable, encendió la televisión y subió el volumen al máximo. Era la hora de las noticias y me preparé temblorosa un sándwich. Interrumpí un momento este acto para cerrar también todas las persianas porque la cosa me espiaba y golpeaba los vidrios. Así pasé la noche en medio de tiros, insultos y músicas tensas. También encendí el equipo de sonido para que llenara los pocos instantes de silencio restantes. A la mañana siguiente llamé por teléfono a la oficina para reportarme enferma. Mi jefe farfulló algo incomprensible y colgó. Volví a llamar y esta vez mi jefe se enfureció y me dijo a los gritos que dejara las bromas, que fulanita, o sea yo, estaba en su escritorio desde las ocho de la mañana. Me vestí apresuradamente y fui a la oficina. Efectivamente, allí en mi escritorio, muy concentrada en su trabajo, estaba yo. Traté de volver a casa pero me perdí inexplicablemente. Fui a dar a las afueras de la ciudad y cuando por fin, al retorno, divisé mi vivienda, ya había oscurecido. Quise entrar pero mi llave no servía. Todas las ventanas estaban cerradas. A través de una de ellas me vi a mí misma comiendo un sándwich frente al televisor, tal como yo hacía cada noche. Comencé a golpear el cristal y a llamarla (o llamarme) a los gritos. Ella entró en pánico. Corrió las persianas y tal como hiciera yo la noche anterior al ruido del televisor añadió el del equipo de sonido. No me extrañó que al día siguiente llamara al trabajo para reportarse enferma. Incluso alcancé a oír los gritos de mi jefe que dijo estar harto del jueguito.


Adelantado

Una noche cuando volvía a casa muy cansado descubrí que yo ya estaba allí frente al televisor comiendo un sándwich como todas las noches. Lamenté mucho este atraso en el que sin darme cuenta había incurrido. Quise llamarme la atención para ver cómo resolvíamos el asunto pero yo estaba concentrado en las noticias y no me hacía ningún caso. Entonces, algo indignado, pensé que no era sólo que yo hubiera incurrido en un atraso sino que también había incurrido en un adelanto. Esperé a quedarme dormido para prepararme por mi cuenta un sándwich y sentarme frente al televisor a comerlo. Luego de hacer esto me quedé dormido. Al despertar ya me había ido a la oficina. Por supuesto, cuando llegué era tardísimo y mi jefe se mostró muy contrariado. Me disgustó mucho que me pusiera como buen ejemplo a mí mismo que había llegado con diez minutos de adelanto. Durante una semana, o así, traté sin éxito de darme alcance. Por más que corriera y me apresurara, siempre llegaba tarde. Esto me deprimió, perdí la energía, me entregué al abandono, no me molesté más por perseguirme. Yo era temporal y lógicamente inalcanzable. Cierta mañana mientras me hallaba amargamente echado sobre la cama me iluminé de repente. No había cosa más absurda que estar deprimido, todo lo contrario, la situación me favorecía enormemente. Ya que mi yo adelantado lo hacía todo, yo podía por ejemplo divertirme. No era muy dado a divertirme así que me costó un poco tomar la decisión de ir a la playa, lugar donde la gente supuestamente se divierte. Fue grande mi sorpresa cuando al llegar vi que yo ya estaba allí bañándome, asoleándome y tomándome una cerveza, en resumidas cuentas, divirtiéndome. Salí corriendo a la oficina. Mi jefe se mostró extrañado pues yo siempre llegaba adelantado. Me preguntó si me sentía bien. Le di una excusa complicadísima que ni yo mismo entendí mientras me dirigía apurado hacia mi escritorio para recuperar el tiempo perdido. A medida que avanzaba el día iba sintiéndome cada vez mejor. Era un alivio para mí no tener que divertirme y que el adelantado se encargara de eso.
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lunes, 14 de mayo de 2007

Objeto-puente

Hoy voy a hablaros del objeto-puente, el más real de los entes, que transita entre el sueño y la vigilia sin modificarse. Este, como todos los grandes descubrimientos, se debió a una mezcla de casualidad y celo científico, condiciones que juntas realizan maravillas, aunque escasas.
Ocurrió que un experimentador, por lo demás escéptico, soñó que pintaba de verde la cola de su perro. Al día siguiente, mientras desayunaba, vio pasar a su perro por la ventana y dejó caer al suelo la tostada con mantequilla que sostenía en la mano izquierda, no así la taza de café que sostenía con la derecha y que fue depositada lenta, delicadamente sobre la mesa. El perro, como imaginaís, tenía la cola pintada de verde.
Este hecho curioso llevó a muchos investigadores a realizar experimentos similares, los cuales fracasaron tristemente, aunque se demostró provisionalmente que no hay nada en el perro que lo convierta en objeto-puente, pues la mayoría de los perros no lo son. Sin embargo, en esta búsqueda, se presentó un hecho curioso. El experimentador pintó cuidadosamente de rosado la oreja de su perro durante un largo sueño, pero no pudo evitar que le temblara la mano al dar unos retoques, y unas gotas de pintura cayeron en el suelo del estacionamiento. Cuál no sería su decepción y su alegría cuando al día siguiente, al despertar, encontró a su perro con la oreja impintada y notó que en el suelo del estacionamiento, ya secas, se encontraban las gotas de pintura soñadas. No cabía duda sobre el significado de este hecho: el piso del estacionamiento era su objeto-puente (aunque luego se comprobó que no lo era en su totalidad sino sólo una baldosa).
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sábado, 12 de mayo de 2007

Los nuevos árboles

Ahora existen árboles que vuelan vagabundos y que en lugar de raíces tienen una manito amarronada (las venas que sobresalen conservan cierto aspecto vegetal). Andan por el cielo de la ciudad, o más bien entre los edificios, buscando de qué agarrarse. Hay que tener cuidado, son muy astutos, y en cualquier momento se agarran con su manito de cualquier cosa o persona con el fin de establecerse para siempre. Por suerte, se espantan con facilidad, basta un manotazo. Pero es un fenómeno nuevo y a mucha gente le cuesta acostumbrarse.
El otro día estaba mi mamá en el balcón contemplando la tarde y casi la agarra una palmera. Llegué yo a tiempo para espantarla. Pero me quedé preocupada, ahora no puedo perderla de vista. Depende de mí en este sentido por una razón muy simple: ella no cree en la existencia de estos nuevos árboles. Al no creer es incapaz de defenderse. Es un problema de fe como todo y no de ver para creer, pues mi mamá "ve" los árboles, y aún así no cree que existan. Una y otra vez repite mientras los mira: no puede ser, no puede ser. Y hasta que no cambie su actitud existencial voy a tener que andar con ella, adonde vaya, espantándole los árboles.
Después de varios días de vigilancia y de andar sermoneándola sobre el peligro de los nuevos árboles mi mamá ahora grita de alegría, dice que cree, que por fin cree, pero no en los árboles que vuelan sino en la posibilidad absoluta del vuelo. El cerebro de mi mamá ha hecho la siguiente operación: “si ellos vuelan, todo vuela, y si todo vuela, yo vuelo”. En consecuencia, se arroja por el balcón. Afortunadamente, logro sujetarla por el borde de la camisa. La camisa se estira y se estira, durante siete pisos se estira. Cuando mi mamá llega al suelo, la camisa ha llegado al límite de su posibilidad de estirarse. A dos centímetros del suelo, mi mamá cuelga alegremente a salvo. Pero me espera una tarea difícil, ahora tengo que hacerle entender a mi mamá que no todo vuela. Y es triste porque está muy feliz con su descubrimiento y siente un gran deseo de vivir, más grande, dice, que nunca.
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Sala de espera

Cierta vez un señor sentado en una silla balanceaba despreocupadamente el pie derecho y observaba con tranquilidad este balanceo, no desprovisto de gracia y elegancia, por sus ritmos tenues, sus regularidades, simetrías, leves rupturas, discrepancias sutiles, maliciosos compases que se alejaban unos pasos hacia ciertos arbustos discordantes, bruscos vuelcos voladores de retorno hacia la triunfal o plácida armonía, vislumbres silenciosos pronosticando crescendos vacilantes, casi rumiantes, pero tan paulatinos, persistentes, que nadie, o casi nadie dudaba, aumentarían su afán hasta el apremio, inminente sería alcanzar el filo del abismo, para llevar por fin a cabo el estrepitoso arrojo suicida de timbales, campanas tubulares, triángulos, címbalos, panderetas, mientras un bisturí corretearía en los tímpanos crispados, con sus aristas púas sopranas, hasta acabarse el aire y desfallecer verticalmente los divinos pulmones. Se oyen entonces los violines, no se sabe si muertos de la rabia o de la risa, aunque esto último es probable, pues el pie balanceado ha demostrado ya mucha satírica artimaña, por ejemplo: del precipitarse de timbales sólo surgió la música de un heladero que lentamente subía de niño en niño la cuesta y el bisturí de la soprano sonó a bisagra oxidada. Sin embargo, el señor que observaba su pie en incesante balanceo no parecía contrariado. Oh, no. Cierta curvatura en la comisura izquierda de sus labios orientada hacia arriba, apuntando la oreja de este señor secreto que jugaba al engaño musical con un pie tan etéreo, y quizás por eso llamativo, pues el pie suele balancearse de impaciencia, y no por burla estética, la curvatura, digo, y el interés que todos le prestaban, en aquella sala de espera de un dentista, obligaba a pensar que todo era intencional, deliberado.
Pero, quizás por sentirse tan mirado, el balanceo del pie cesó de pronto, y los ojos del señor, antes serenos, distraídos, ajenos a su entorno, recorrieron caras de índole diversa, aunque prevalecía en ellas lo absorto, suspendido, cierta ausencia de caras en sus caras, y esas miradas boquiabiertas ante el pie cuyo balanceo había de súbito y desdichadamente cesado. No era un señor tímido, pero sufrió un leve sonrojo. Por favor, dijo una señora sentada a su lado, por favor, siga. Los demás se unieron a este ruego: sí, señor, por favor, no se detenga, siga. ¿Seguir? ¿Qué cosa? No entiendo, afirmó con cierto asombro desconfiado. Siga balanceando su pie, señor, es muy interesante. Extraordinario, dijo otro. Un genio, es usted un genio, susurró una muchacha lacrimosa. El balanceo de su pie, dijo un intelectual que por fortuna allí se encontraba, es una antimarcha, el máximo boicoteo del preludio, acérrima sátira de las formas musicales que han orientado nuestra mente por el camino del hábito, nuestras formas emotivas así sufriendo el complejo de la causa y el efecto, una linealidad interpretativa, que el Caos denuncia: ¿qué huracán de las Antillas, por ejemplo, ha promovido ese aleteo fugaz e inofensivo, en la amarilla mariposa que cruzó por mi vista esta mañana? Cada nota, acorde, ritmo nos ata o nos desata un nudo, somos esclavos de pasiones que la música nos dicta, perpetuando sus venenos pasionales. Pero su pie se balancea en elocuente silencio unos minutos y todo lo resuelve: El punzante bisturí de la soprano se disuelve con aceite Tres en Uno, de la hecatombe de timbales nos salva un heladero, y así, el triunfalismo, los mausoleos de guerra, los arrogantes uniformes, pueden desviarse entre arbustos espinosos, volver como piltrafas a las avenidas victoriosa de la muerte, con la mirada en blanco. El idioma que su pie habla en balanceo, nos ha hecho entender que muchas obras de arte inmortales irrespetan el tiempo de la vida. Yo creo que esta revelación no debe ser pasada por alto y que en lugar de estar aquí esperando turno para que un taladro perfore nuestras muelas debemos irnos ya mismo a la taberna de la esquina a celebrar esta nueva esperanza.
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viernes, 11 de mayo de 2007

Delito de cosificación

Yo soy la madre. He cosificado a mi hija en un intento de salir del paso. No entiendo cómo pudo pasarme semejante cosa, tener una hija. A veces me niego a aceptar que esto haya ocurrido, pues ocurrió en mi ausencia, es decir durante un ataque epiléptico. Mi hija se llama Glenda, con este nombre la cosifiqué. Está ahí sentada en la sala sobre la alfombra entre dos butacas, completamente inmóvil, parece una foto. Mi marido está en el patio dándole la espalda a una pared divisoria. Se encuentra de pie, también inmóvil, con el tronco ligeramente inclinado hacia el suelo. Esta inclinación se debe a que mi marido no quiere ser completamente paralelo a la pared, sólo quiere ser “casi paralelo a la pared”. Aquí se ve que mi marido tiene una intención y actúa conforme a ella, es decir, no está cosificado. Otro elemento importante de este mundo lo constituye mi voz interior. No es muy inteligente pero tiene poder, un fenómeno bastante extendido. Su poder consiste en ponerme nerviosa con frases como: ¿y ahora qué vas a hacer? Tiene razón porque mi hija está cosificada, mi marido anda en lo suyo, pero yo ¿qué hago, dónde estoy? Creo que estoy en la cocina. Mentalmente me veo con una gran cara desorbitada, también veo que uno de mis pies, aunque está inmóvil, se halla adelantado, como si mi cuerpo tuviera la intención de caminar, de emprender algo. Pero no es posible hacer nada, no hay continuidad, estoy en una escena simple, detenida, porque el delito de cosificación, dice mi voz interior, se castiga con la parálisis. Ya se ve que no he podido salir del paso, por el contrario, estoy atascada. Nunca he debido ser madre.
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jueves, 10 de mayo de 2007

Las moscas

Estábamos en un mundo delicado, éramos muchas, pero nuestro número no importaba. Cada una pasaba a través de la otra ningún inconveniente. Luego fuimos llamadas. Y acudimos. El encargo era difícil. Más que difícil, raro. Cread un mundo, decía, pero un mundo opuesto al de vosotras, una bestialidad de mundo. Eso hicimos. Cada una de nosotras escribió un proyecto, más que un proyecto, un poema, y un día oscuro, en el que todo estaba inquieto, recitamos. Eran poemas horribles. Cada una había puesto lo mejor de sí para imaginar algo duro, enfermo, y sobre todo, algo que sufriera. Fue la primera vez, sin duda, en que algo sufrió y eso que sufrió, no era más que un punto, un pequeño punto solamente. Luego nos reunimos alrededor de él formando un círculo y cantamos. Aquel punto se sentía mal y lloraba. Nuestro canto estaba destinado a adormecerlo, pero el punto comenzó a gritar, a retorcerse, algo muy feo. Alguna de nosotras se retiró prudentemente y vomitó a solas. Otras, más empecinadas, desafinaron, se marearon y cayeron en un profundo letargo. Las más fuertes nos quedamos y vimos cómo el punto, poco a poco, se convertía en otra cosa, una especie de mosca que volaba y zumbaba alrededor nuestro, o chocaba con nosotras como si no pudiera traspasarnos. La mosca fue creciendo, y no sólo creciendo, también se reprodujo. De ella salieron otras moscas que crecían y se reproducían igualmente. Nuestro llanto llenó el cielo. Casi todas fuimos devoradas. Yo no sabía si huía o era devorada, pues cuando una era devorada todas padecíamos el horror de ser devoradas. Lentamente nos separamos. Nos acostumbramos a que una no era la otra, a que todas no éramos una. Por fin un día desde lejos contemplé de lejos la obra horrible, la contemplé en la soledad más absurda. Quise cantar, pero el canto no brotaba. Quise llorar, pero el llanto era imposible. Las moscas se acercaban. Se abalanzaban. Se disputaban mis pedazos. Dispersa en sus mandíbulas, en sus gargantas, en sus estrechos tubos digestivos, entoné el último grito de mi especie. Las moscas formaron un círculo alrededor de ese grito y celebraron su victoria. No había aún cesado el grito cuando ellas también fueron llamadas. Se les encargó continuar nuestra tarea, incipiente aún, dijo la voz, apenas comenzada.
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